EL HUMILDE GARBANZO

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Se aproxima la Semana Santa y estamos inmersos en época de comer potaje, una receta muy típica de la cuaresma y de la propia festividad de Semana Santa. Y entre los ingredientes principales  del potaje está el garbanzo, una leguminosa cuyo nombre latino es “Cicer arietinum”. Su cultivo está muy extendido en todo el Mediterráneo y en la India.

Parece ser que esta legumbre comenzó a cultivarse en la zona de Grecia, Turquía y Siria, desde donde se extendió al resto del mundo. A España llegó de la mano de los cartagineses cuando iban de camino a Roma y fueron los conquistadores españoles los que lo llevaron a América.

Su consumo siempre se ha relacionado  con la alimentación de las clases humildes al ser un buen alimento y, a la vez, bastante económico. Pero en la actualidad, el garbanzo se ha reivindicado a si mismo y ocupa un lugar de honor en la gastronomía mediterránea en general y en la española en particular. En nuestro país es el protagonista de algunas recetas clásicas de nuestra cocina: el ya señalad potaje, el cocido madrileño, los callos con garbanzos…

Se trata de un producto muy nutritivo. Rico en proteínas, almidón y lípidos (ácido oleico y linoleico, ambos insaturados y carentes de colesterol), también es rico en fibra.

En España podemos distinguir cinco variedades principales  de garbanzos: el castellano ( de tamaño medios o grande y color amarillento), es el más consumido; el garbanzo lechoso ( con surcos muy marcados y más blanco), es el más apreciado por el consumidor; el garbanzo venoso andaluz (grueso y más alargado); el chamad, un híbrido del garbanzo andaluz y el castellano; y, por último, el pedrosillano (pequeño, redondo y que se cultiva, sobre todo, en las dos Castillas).

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